Que se repita… Por favor.
Yo estaba de pie en medio del pasillo del autobús repleto de gente. A las dos de la tarde, inicio de la segunda ronda rutinaria para muchos, es que llega mi momento de salir a almorzar. Era entretenido ver las diferentes facetas de nuestra especie en ese instante; el apurado, la nerviosa, el paranóico, el filósofo y la detallista cuidando de mantenerse arregladita, un cuadro bastante interesante. Mi momento de profunda, novelezca e inútil pizca de meditación se vio interrumpido cuando esta muchacha subió al bus: de estatura media, tan delgada como yo, cabello liso a ”ras” de hombros y ojos achinados, al dar las buenas tardes provocó la sensación de que el bus se había suspendido en un vacío gravitacional. No puedo negar que todos quedamos tocados por tan sencilla y simplona belleza, era bella sola. Sin maquillajes ni aditivos. Pero hubo un muchacho que pareció flotar más ligeramente y con timidez le ofreció su asiento mientras tomaba su bolso; ella aceptó con una sonrisa ambas ofertas. Luego empezaron a conversar y vaya que lo hicieron… El temblaba, ella reía… Yo recordaba a esa chica que en algún otro lugar esperaba mi llamada. Su alegría y química contagiaron a todos. Hubo suspiros, risas, ojos aguados. Ella se bajó primero y el recuperó su asiento. Iba entusiasmado cuando algún repentino recuerdo le hizo guardar la sonrisa: ”así es, no pediste su número de teléfono… Pero mejor así” pensé mientras miraba hacia el asintiendo calmadamente con mi cabeza. Y fue mejor así sin duda: Hoy el estaba ahí otra vez, engalanado, emocionado y ocupando un segundo puesto con su morral. Lo reconocí y decidí no reclamar el asiento, otra vez asintiendo en silencio. Pero el bus no se detuvo en esa parada y el dejó de sonreír. Ya a sabiendas yo de que ella no llegaría solicité el puesto y, al acercarme vi por la ventana posterior a la muchacha, algo despeinada mirando hacia nosotros con incertidumbre. Solicité entonces la parada, poniendo mi mano en el hombro del muchacho y señalando hacia la ventana mientras decía ”ésta es tu parada, bro!” El miró, confundido. ”Te debo una pana!” Gritó mientras corría al bajar del autobús. Allá se quedó, hablando con ella, que supongo reía con agrado de la pirueta. ”Lo que nos hacen hacer… Te amo!” Escribí en un mensaje de texto a esa que me inspiró… A la que guardé el puesto… Que en algún lugar esperaba mi llamada.
Colgado vía email from El Posterous de Lexihel y Lexaleth | Comment »