Carrito de Juguete

En el cubículo de Joaquín siempre había juguetes. Las oficinas eran algo pequeñas, con ventanas de tamaño mediano que dejaban entrar tristes rayos de luz natural, una que otra planta y muchos, muchos papeles. Los escritorios de todos estaban adornados con postales de amor o de recuerdo, fotos de retrato, pequeñas plantas y papeles de colores, pero Joaquín era el único que tenía juguetes y aunque media oficina le decía loco por ser “un viejo de casi 40 años con juguetes en su escritorio”, el era un experto ignorándoles.
Una tarde cualquiera, a la hora de entrar al trabajo, llegó con un llamativo carrito de juguete que se veía imponente por todos lados, emanaba poder y libertad en sus colores, el tamaño de sus ruedas y todo lo demás, un carrito por el que cualquier niño se habría arrastrado en el piso; lo colocó diligentemente sobre el escritorio y se sentó a organizar los papeles que habían llegado en la mañana. Había una cuenta que no cuadraba y eso le puso nervioso. A apenas un día para cerrar el año ese bendito numerito parecía escaparse por maldad haciendo de esas facturas un desastre y del momento de Joaquín los más tortuosos cinco minutos y, además de eso, empezó a sentir una mirada incómoda detrás de el.
Un perencejo tomó con aire burlista el carrito y le dijo: “La gente grande no juega carritos, los carritos no dan de comer”. Joaquín levantó la mirada y tomó el carrito, colocándole nuevamente en la mesa y rodándolo con toda su paciencia y tranquilidad mientras decía: “Tienes razón, el carrito no da de comer. Pero mantiene vivo mi niño interno, mantiene vivos el deseo de aventura, el entusiasmo, los sueños. Esos dones de niño que calman las angustias del trabajo y que ayudan a sacar las cuentas. Esos mismos dones de niño que me ayudarán a pasar despacio y solucionar este contratiempo mientras ignoro muy amablemente la amargura y el desprecio de cadáver que tu acabas de dejar salir. Yo se que de aquí saldré sonriendo… Dime algo ahora… ¿Sonríes tu?”
El perencejo bajó la mirada y se retiró. Al día siguiente, había un segundo carrito en el escritorio con una nota de disculpas y, a partir de ese momento, Joaquín dejó de ser el único en llevar carritos a la oficina.
Nuestro niño interno nunca debe morir…