Lexihel Tumbeleando
Facilitadores: La tecnología no es su enemiga, el paradigma lo es.
Desde que empecé nuevamente mi carrera universitaria, he tenido la motivación de que realmente disfruto el camino que elegí recorrer. Desde joven atraído por las nuevas tecnologías de comunicación e información y ahora partícipe de ellas, elegí la Comunicación Social como mi sueño por el hecho de que me permitirá hacer dos cosas que siempre me han gustado: Estudiar, comprender y aprovechar a fondo estas maravillosas tecnologías y a través de ellas compartir con el resto mis letras, sea para enseñar, aprender, o simplemente compartir. Inspiración y ganas de verdad que no faltaban y aun no faltan, pero algo ciertamente me ha frenado un poco… La bendita manía de aferrarse al sistema.

Albert Einstein siempre lo criticó
La enseñanza debería ser de naturaleza tal que lo que se ofrece se recibiera como un don valioso y no
como un penoso deber.

El bendito sistema educativo, desde el tradicional hasta el —para mi mal llamado- andragógico, se empeñan en imponer paradigmas y procedimientos obsoletos y rigurosos que desmotivan al estudiante, en lugar de darle riendas en aquello en que este estudiante se destaca para liberar todo su potencial. Nunca hacemos con amor aquello que “tenemos que” hacer, hacemos con amor aquello que “QUEREMOS” hacer. Pero no, están las reglas y hay que seguirlas.
Recientemente esto se ha visto en mi clase y es muy, muy frustrante. En primer lugar nos “prohíben” la  transcripción de trabajos e informes a computadora, para “incentivar” la originalidad y “evitar el plagio”. En mi opinión, eso es completamente ilógico y hasta inútil. ¿Cuántas veces no tomamos un artículo, en aquellos tiempos de lápiz y hoja de examen, y lo estampamos en seco sobre el papel sin otro cambio que la forma de la letra? Quizás era más “difícil”, pero siempre existió el ctrl+c/ctrl+v y, aún así, había quienes se destacaban sacando análisis, investigaciones y reportes completísimos. El que quiere aprender y tiene talento, no necesitará copiarse. Aquel que no tenga interés, sin embargo, aunque sea en código morse se copiará textualmente.

Además de lo anterior, entonces nos enseñan, como leí en algún lugar en la web (no recuerdo la fuente, si alguno la conoce por favor hágame saber y con gusto la reflejaré acá), a “que si copiamos textualmente una definición de la web o un libro es plagio, pero si tomamos la misma definición y cambiamos una que otra palabra, moviendo esto de aquí para allá, entonces ya no es trampa”. Parafrasear seguirá siendo copiar, y usemos o no la computadora o el teléfono, quien quiera copiarse, se copiará como sea.
Visto y dicho esto: ¿Cuál es el problema de que nosotros, jóvenes que hemos crecido con las tecnologías de comunicación e información hasta hacerlas parte de la vida diaria. Nosotros, que conocemos casi con total naturalidad aquello que muchos quisieran entender y explotar. Nosotros, que como nuevos comunicadores utilizaremos todas estas herramientas TODOS LOS DÍAS DE NUESTRAS VIDAS, usemos nuestros teléfonos en los talleres, o nuestras computadoras para las transcripciones, o el correo electrónico para enviar nuestros trabajos y compartirlos o las redes sociales para leer las notas periodísticas o literarias que mañana deberemos crear y que (con toda seguridad) crearemos por este medio? ¿No deberíamos más bien ser motivados a conocerlos? ¿Debemos convertirnos en analfabetas funcionales porque ustedes no entiendan la revolución que esto significa? ¿Es que no saben que quien no esté motivado no lo estará más por tener que escribir, que terminará plagiando igual?

Entonces, no nos obliguen a divorciarnos de las herramientas que forman parte del hoy y del mañana por el hecho de que desconfíen de ellas, de que no las conozcan o las dominen. No nos obliguen a dejar de amar los “feeds”, o el Internet, o los “teléfonos inteligentes”. No digan que hacemos trampa simplemente porque sabemos utilizar con naturalidad aquello que ustedes no conocen. No nos maten el amor, ¡enamórense ustedes! Por alguna vez en la historia, hagan caso al sabio Einstein y al ilustre Robinson.
Quiero ser comunicador, de corazón, dispuesto a servir a la comunidad y a la nación. Pero por encima de eso soy informático, y son las TiC’s mi pasión, mi fortaleza y el mejor modo de servir a lo que será mi profesión y mi público a la vez que crezco más como persona y como ser humano, sin dejar de ser feliz… 

No sean ustedes, mi “ejemplo a seguir”, quienes me quiten eso.

¡Gracias!

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Preludio de un estornudo desesperado… (I)
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Todo el mundo estaba consternado, terremotos, maremotos, huracanes y tornados, volcanes despertando por doquier… Y la guerra, ese invento imbécil de una insignificante criatura con delirios de grandeza llamada hombre, con el fin de encontrar cualquier excusa para matar el aburrimiento y tratar de demostrar que es aún más grande cada día. Esa pendejada de que pelea por la paz, cuando quien ama la paz nunca llevará otra arma que el corazón y la razón… Dejan de producir toneladas de comida y bienes para la vida por gastarse eso que llaman dinero en la construcción de más y más armas; para la paz, claro. Se jactan de haber conquistado a la pobre e indefensa luna y al aún más pobre y desconcertado espacio; por el bienestar del mundo, por supuesto. “No entiendo qué bienestar -dijo el espacio confundido más tarde, en una entrevista-, no hay otra cosa en mí que polvo y gases y rocas vivas y nada… Y bueno, sus armas y satélites, que es lo único medianamente bueno (los satélites, mientras funcionan) que han puesto en mí”. Luego, después de derrochar todo ese dinero en todas esas pequeñeces que para ellos son grandezas, en esas pendejadas importantísimas, vienen y promueven “un tweet para combatir el hambre en África”, o “un like en Facebook por la paz en Libia” y otras grandísimas hazañas típicas de un ser con un cerebro tan obtuso como el de los virus. Pero todo eso ya es otro tema… 
Todo el mundo estaba consternado: Casas que rodaban y volaban, automóviles y tanques de guerra que salían disparados por los aires y caían hechos trizas en algún lugar del océano y nadie entendía por qué. ¿Por qué?

La única que lo sabía despertó esa mañana con cierta angustia. Estaba completamente congestionada; su temperatura mínima estaba demasiado alta y su temperatura máxima estaba demasiado baja, sentía escalofríos por todo su cuerpo y cierta piquiña molesta por su norte. Además tenía un sabor aceitoso y desagradable en su saliva y sus poros estaban secos e irritados. “¿Qué rayos tengo?” Pensó. Se despidió de la luna y saludó al sol al empezar la nueva jornada, se desperezó —como todo ser de la creación también siente pereza en cada nueva jornada- y se sentó a leer la Osa Mayor, tratando de tranquilizarse.
-Hoy tienes más de esas sombras negras cerca del hemisferio derecho -Dijo un asteroide que pasó a saludar.
-Sí, es el Nervio Arábigo, me está echando mucha broma.
-¿Cómo lo soportas?
-Para eso me hicieron
-Pero es injusto
-Muy injusto

Bajó la mirada, el asteroide no pudo continuar conversando, su vida es muy ocupada, siempre viajando de uno a otro sitio ya empezaba a alejarse. El Creador la miraba de lejos y sacudía la cabeza desconsolado.
-No lo soporto -dijo ella
-No se qué decirte -contestó El con una mueca un tanto melancólica- Te entregué a ellos como un tesoro con toda tu belleza y tus riquezas, única en el mundo conocido, quizás exclusiva, de pronto hasta envidia de los mundos por conocer, pero ellos no hacen más que mirar a otras que podrían ser como tu, mientras te destruyen y se destruyen a sí mismos… Es… desconcertante.
-Espero -gritó, en la distancia, un apenas visible (pero fácilmente audible) planeta con voz nerviosa- que no se enteren de mi existencia.

El Creador —que sí le veía muy bien- le miró.
La luna se encogió de polos.
El Creador la miró.
La tierra suspiró.
El Creador sopló algo de esperanza sobre ella.
De pronto sintió ella un dolor punzante en el músculo europeo, era como, como cuando te golpeas la pantorrilla contra el borde de una mesita de café. Era, era horrible, le zumbaba el núcleo por los gritos, las bombas, las quejas, los llantos. Sintió pánico, dolor, angustia, dolor, desesperación y dolor… Y humo y ganas de estornudar… El Creador trató de calmarla para que soportara, pero era tarde; iba… iba a estornudar…

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